Manuel Fuentes Márquez. Autor de Libros y lanzas
Una vida dedicada al oficio de las letras puede opacar un brillante expediente militar, especialmente si pasas a la posteridad como el más alto exponente de la literatura en tu lengua. La historia de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha está tan ligada a Miguel de Cervantes Saavedra como la insigne batalla de Lepanto, aquella que el Príncipe de los Ingenios memoraba como «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros». Su mano izquierda, recuerdo de por vida de aquel enfrentamiento contra los hijos de la media luna, le valió el apelativo de Manco de Lepanto. Lisiado, pero con honra, el de Henares llevó con orgullo aquella herida y continuó sirviendo al Rey Prudente de las Españas en el oficio de las armas, buscó romper las cadenas del cautiverio berberisco y fue artífice de las obras más primas de la literatura española, amén de su póstuma mortaja franciscana.
Orígenes ilustres venidos a menos
El 24 de abril de 1547 Carlos V recorría triunfante el campo de batalla de Mühlberg. Los príncipes protestantes alemanes de la Liga de Esmalcalda habían sido derrotados estrepitosamente frente a las tropas imperiales. De la noche a la mañana, la situación de los luteranos en el Sacro Imperio parecía haber cambiado. Ahora, Carlos tenía la sartén por el mango. En septiembre, cinco meses después del mazazo del emperador sobre la Reforma, nacía en Alcalá de Henares Miguel de Cervantes Saavedra. El día no parece claro, pero existe cierto consenso entre los expertos para apuntar al 29, festividad de los tres arcángeles: san Miguel, san Gabriel y san Rafael. De lo que no cabe duda es de que fue bautizado en la iglesia de Santa María la Mayor el domingo 9 de octubre del mismo año, como bien rubrica el acta sacramental que aún se conserva.
De ambiguo linaje y solar en continua bancarrota, el pequeño Miguel podía henchirse de orgullo por saberse hijodalgo y cristiano viejo —al menos sobre el papel— desde sus primeras gatas. La casta paterna podía hacer buena gala de una notable posición social. Su abuelo Juan de Cervantes, natural de Córdoba, había estudiado leyes en Salamanca y gozaba de la simpatía del duque de Sessa, quien le concedió la alcaldía mayor de parte de sus dominios (Baena, Cabra e Iznájar). Dicho cargo le valió para llegar a ser letrado del Santo Oficio, nada baladí. Había contraído matrimonio con Leonor Fernández de Torreblanca, hija de un reputado médico cordobés, con quien se trasladó a Alcalá de Henares y formó una familia de cuatro hijos: Juan, María, Rodrigo y Andrés. Será a Rodrigo, tercero de los hermanos, a quien tocará la fortuna de legar el apellido Cervantes a su hijo Miguel. Sin embargo, Rodrigo no tuvo la misma suerte que su padre. Cargado con la cruz de la sordera, desde pequeño luchó estoicamente por aprender la labor médica de su abuelo, oficio en el que nunca alcanzó la profesionalidad, debiendo contentarse con ejercer la ciencia de Hipócrates a título de barbero-cirujano. Casó este con Leonor de Cortinas, nacida en Arganda del Rey, hija de una rica familia de hacendados que no vio con buenos ojos el matrimonio de la joven. Y hasta aquí la ascendencia bien avenida, porque en adelante los Cervantes de Cortina se verían sumidos en una espiral de deudas y calamidades auspiciadas por la mala estrella de Rodrigo. Madrid, Valladolid, Córdoba, Cabra y Sevilla serán algunas de las ciudades testigos de la trashumancia del pequeño Miguel y su familia, en continua huida de los acreedores que Rodrigo iba dejando por el camino, buenos amigos que no dudaron en acudir a la cofradía de la justicia para brindar al cabeza de familia una procesión de corchetes con estación de penitencia en prisión.
Una cuidada educación
En este rocambolesco ambiente se crio el joven Miguel, lo que no fue impedimento para que cultivase su mente y asentase los pilares literarios que andado el tiempo lo elevarían al pedestal de Dante. Es cierto que sus padres tuvieron parte de culpa en su educación (tanto el padre como la madre sabían leer y escribir), pero no menos cierto es que aquella España de mediados del siglo XVI, heredera material y espiritual del legado universitario de los Reyes Católicos, pupitre sobre el que Nebrija firmó la primera gramática de una lengua romance y cuna de la primera Biblia políglota de la humanidad —motu proprio del Cardenal Cisneros—, ofrecía todo un repertorio de recursos intelectuales a las inquietudes de Miguel. Recursos que el de Henares, «de grande erudición y estudio», no desaprovechó. Pasó por distintos núcleos del saber, como el Colegio de Santa Catalina de Córdoba —primer centro educativo de los jesuitas en España— o el Estudio Público de Humanidades de la Villa de Madrid, regentado por el prestigioso Juan López de Hoyos, quien elogiaba a Cervantes como «nuestro caro y amado discípulo».
Duelo y huida precipitada
Aún así, Miguel no fue ajeno a la efervescencia de la juventud. Se reconocía algo díscolo cuando decía que «se le iban los ojos detrás de la farándula» y quizás eso mismo fuese lo que provocó su repentino e inesperado viaje a Italia. Una providencia del rey Felipe II con fecha de 15 de septiembre de 1569 rezaba en el extracto del documento: «Para que vn alguaçil vaya a prender a miguel de Çeruantes.–Sin derechos de officio.–Secretario Pradeda. Crimen». La misiva iba dirigida al alguacil mayor de Sevilla Juan de Medina e informaba a la justicia de que «se a proçedido y proçedio en Rebeldia contra vn myguel de çerbantes, absente». ¿La razón? «Aber dado çiertas heridas en esta corte a Antonio de Sigura». Posiblemente se trató de un duelo o leve enfrentamiento en las cercanías de la corte real, alrededor de la cual estaba prohibido portar arma alguna. El pícaro Cervantes habría salido victorioso del entuerto y convino en que sería oportuno tomar las de Villadiego. Eso no impidió que la justicia hiciera su labor y dictara sentencia contra el prófugo, condenándolo «a que con berguença publica le fuese cortada la mano derecha y en destierro de nuestros Reynos por tiempo de diez años y en otras penas contenydas en la dicha sentencia». La orden traspasó la jurisdicción sevillana y se extendió a todo el reino, razón de sobra para que Cervantes pusiese rumbo a Barcelona —ciudad y puerto que describe con sorprendente perfección en el Quijote— u otra urbe portuaria similar con vistas al Mediterráneo y se embarcase con destino a Italia. No sabemos en qué preciso momento huyó, aunque hay evidencias de que para diciembre de 1569 el Príncipe de los Ingenios dormía a pierna suelta en la Ciudad Eterna.
Cervantes el bisoño
En Italia, Cervantes entrará al servicio del cardenal Acquaviva, a quien pudo haber conocido en Madrid, pero pronto lo abandonará para tomar el servicio de las armas, aquellas que loaba por boca de su Alonso Quijano diciendo que con ellas «se defienden repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de corsarios… y [se guardan] los caminos de mar y tierra». Y no andaba muy errado don Quijote, porque si algo requería la monarquía de Felipe II en esos momentos eran armas y hombres que la guardasen de sus enemigos, que por cierto no eran pocos (Francia, Inglaterra, el Imperio otomano y los rebeldes de los Países Bajos). Felipe II podía presumir de tener a casi media Europa y la Media Luna en contra. Cervantes servirá al rey en la compañía del capitán Diego de Urbina, perteneciente al reputado tercio de Miguel de Moncada, distinguido por su actuación en la rebelión de Las Alpujarras (1568-1571). El escritor, ahora perteneciente al ejército más laureado del momento, rellenará su expediente militar en las distintas casillas del damero Mediterráneo, infestado por la piratería berberisca y con el turco ganando posiciones a pasos agigantados. Cervantes conocerá las dos caras de la vida soldadesca: de un lado «la belleza de la ciudad de Nápoles, las holguras de Palermo, la abundancia de Milán, los festines de Lombardía, las espléndidas comidas de las hosterías, […] li polastri e li macarroni», en definitiva, «la vida libre del soldado y la libertad de Italia»; la otra cara de la moneda era «el frío de las centinelas, el peligro de los asaltos, el espanto de las batallas, la hambre de los cercos, la ruina de las minas…». Un reverso que no parecía pesar a ese joven veinteañero y temerario Cervantes con «voluntad a aficionarse a aquella vida, que tan cerca tiene la muerte» (El licenciado Vidriera).
Nada dice Cervantes acerca de su bautismo de fuego en el informe que él mismo expone en 1590 ante el presidente del Consejo de Indias Hernando de Vega y Fonseca para solicitar un cargo vacante en los virreinatos americanos. El documento curricular comienza con la acción de Lepanto (1571), pero la mayoría de los expertos coinciden en que su primer fogueo bien pudo darse en el socorro de Chipre (1570) —por entonces en manos venecianas—. Así lo sugería, por ejemplo, el coronel de Infantería de Marina Luis Solá Bartina (recientemente fallecido), licenciado en Geografía e Historia y apasionado investigador de todo lo tocante al pasado de su cuerpo militar. Según Solá, el papa consiguió convencer a Felipe II para que sumara sus esfuerzos a la expedición de auxilio, y parece bastante claro que todas las compañías del tercio de Moncada embarcaron con Juan Andrea Doria para liberar a los venecianos del asedio turco (1570-1571). Sin embargo, la cosa no pasó de una serie de escaramuzas por la falta de dotaciones y el respeto despertado por la armada turca. La breve correría de Cervantes no pasará de la anécdota: Chipre caerá en agosto de 1571 y el capitán veneciano encargado de su defensa, Marco Antonio Bragadino, terminará desollado vivo tras ser izado en un mástil previa humillación pública y amputación de orejas y nariz.
La campaña de Lepanto
La cuestión de Chipre marcará un antes y un después en la actitud del Mediterráneo católico con respecto a la amenaza otomana. En mayo de 1571, cuando la situación de los venecianos en la isla parecía no tener vuelta de hoja, el papa Pío V consigue reunir a los Estados cristianos más expuestos a la agresión otomana en el Mare Nostrum. La alianza pasará a la historia como la Liga Santa y estará compuesta por la Monarquía Hispánica, los Estados Pontificios, la República de Venecia, el Ducado de Saboya, la República de Génova, el Gran Ducado de la Toscana y las órdenes militares de Malta, San Lázaro y San Esteban. En total, los estados católicos lograron reunir la nada despreciable suma de doscientas cuatro galeras, seis galeazas, veintiséis fragatas y unos cincuenta mil hombres (Magdalena de Pazzis Pi Corrales, Tercios del mar). Pío V pondrá la rúbrica simbólica a una alianza que, de facto, será encabezada por Felipe II, único mandatario en posición de aportar los recursos y fuerzas necesarias para plantar cara al ciclón del sultán Selim II. Si bien es cierto que Venecia fue la potencia que más naves puso al servicio de la causa —y la que más se jugaba—, unas ciento treinta y cuatro, la monarquía española, por su parte, costeó prácticamente la mitad de la Liga, a lo que habría que añadir entre noventa y ciento sesenta embarcaciones —juntando las aportadas por sus posesiones europeas y aliados tradicionales— y la nada despreciable suma de 8160 soldados (españoles, italianos y alemanes, principalmente) pertenecientes a los reputados tercios. Felipe II fue, con diferencia, el que más hombres procuró a la alianza; de hecho, parte de las naves venecianas, carentes de dotaciones, hubieron de ser reforzadas y completadas con soldados de los tercios. Todo este costo y riesgo permitieron al rey de las Españas imponer a su hermanastro don Juan de Austria como generalísimo de la Liga. El joven militar podría rondar los 24-27 años (misma edad de Cervantes), pero su excelso currículum en las Alpujarras y en el Mediterráneo combatiendo la piratería berberisca lo avalaban. Asimismo, el «hijo del rayo de la guerra» llevaría consigo a su maestro y consejero Álvaro de Bazán, a quien Cervantes recordará toda su vida afectuosamente como «el padre de todos los soldados». Pío V ratificará ante los líderes de la Liga el nombramiento del Habsburgo recitando el primer versículo del Evangelio de san Juan, comparándolo con Juan el Bautista: «fuit homo missus a Deo cui nomen erat Johannes» («hubo un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan»).
La más alta ocasión que vieron los siglos pasados
Al igual que el resto de hombres al servicio de la Liga, Cervantes y su compañía embarcaron en el puerto de Messina, escogido como punto de reunión. La compañía de Diego de Urbina subió a bordo de la galera Marquesa, capitaneada por Antonio Sancti Petri, la cual formaba parte del tercer cuerpo de la fuerza cristiana, conformado por unas cincuenta y tres galeras y dirigido por el proveedor general de la República de Venecia Agustino Barbarigo. En ella también se encontraba Rodrigo de Cervantes, hermano menor de Miguel, que se había enrolado en la misma compañía que su hermano hacía apenas unos meses. El día 16 de septiembre de 1571 la armada cristiana parte de Messina con destino a Corfú. Cervantes guardará por siempre en la memoria la despedida de la ciudad al son de campanas y salvas de artillería. Tan solo diez días después, el 26 de septiembre, la flota fondeó Corfú y, al poco, don Juan de Austria tuvo noticias de que la armada turca aguardaba el paso de la cristiana en el golfo de Lepanto. Pronto, la junta militar de la Liga se reunió para tomar una determinación en cuanto al plan a seguir. Hubo opiniones para todos los gustos; la de Juan Andrea Doria parecía la más conservadora: tomar posiciones donde estaban y esperar a la flota enemiga; Juan Cardona era más partidario de elaborar una complicada maniobra que consistiría en rodear al Turco sin que este se diese cuenta para emboscarlo a su regreso a Estambul. Fue, sin embargo, don Álvaro de Bazán quien terminó llevándose el gato al agua con un plan mucho más medido y sensato: la armada cristiana debía izar velas y desplegarse frente al golfo de Lepanto, incitando así la agresión otomana; si pasadas dos horas no había ademán de combate, las naves cristianas lanzarían una descarga de artillería y arcabucería, repitiendo la invitación a la batalla; en caso de no obtener respuesta, la campaña se daría por terminada.
Al amanecer del día 7 de octubre, la flota cristiana, siguiendo el plan de Bazán, se desplegó cerca de las islas Corzolares, frente al golfo de Lepanto. Los otomanos decidieron entonces recoger el guante de don Juan de Austria y salir al encuentro de la Liga Santa. La armada turca estaba compuesta por unas doscientas dieciséis galeras, cuarenta y seis galeotas, setenta y cuatro fustas y unos cuarenta y siete mil hombres, entre los que se contaban alrededor de dos mil quinientos jenízaros (Magdalena de Pazzis Pi Corrales, Tercios del mar). A la cabeza se encontraba Alí Bajá, quien había tomado Chipre unos meses antes, Gran Almirante de la Flota Imperial y yerno del sultán Selim II, cuya nave se distinguía sobre todas las demás por un gigantesco estandarte verde, conocido como la Bandera de los Califas. Selim II le había hecho merced de él y, además, había procurado que, bordados en oro, figurasen numerosos versículos del Corán y el nombre de Alá repetido unas veintiocho mil veces. Conforme las dos flotas se fueron divisando nítidamente, los respectivos comandantes se creyeron en inferioridad numérica, pero ninguno rehusó el combate, como tampoco lo rechazarían Cervantes ni ninguno de los soldados que iban a bordo de aquellas galeras boga a la muerte. Franciscanos y jesuitas aunaron a la tropa cristiana en rezo previo y póstuma bendición para lo que se les venía encima. Con todo el viento a favor, la armada turca adoptó formación de media luna para abalanzarse rápida y ferozmente sobre la flota cristiana —ordenada en línea de frente— y así poder rodearla y aniquilarla sin el menor contratiempo. Fue entonces cuando se obró el milagro, o al menos así lo recuerdan las fuentes del momento, que narran cómo tras el rezo del Santo Rosario el viento cambió repentinamente, frenando la violenta avanzada otomana y colocándose de espaldas a los cristianos.
El Manco de Lepanto
Aquel día Miguel de Cervantes se encontraba bastante enfermo, pero aquellas fiebres no frenaron al de Henares, que pidió expresamente salir a cubierta junto a sus compañeros para entregarse de lleno «en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros». La galera Marquesa, a bordo de la cual navegaba, se encontraba casi al extremo del flanco izquierdo de la formación cristiana, justo la parte que sufriría lo más duro de la batalla, pues debía aguantar la maniobra de envolvimiento otomana. Cervantes, a pesar de su estado, exigió a su capitán un puesto en primera línea. Así lo atestiguaban el alférez Gabriel Castañeda y el soldado Mateos de Santiesteban en 1590, cuando ante notario juraron que el capitán le conminó a guardar reposo: «Que pues estaba malo, no pelease y se retirase y bajase debajo de cubierta de la dicha Galera, porque no estaba para pelear». A lo que Cervantes respondió gravemente ofendido: «Señores, en todas las ocasiones que hasta hoy en día se han ofrecido de guerra a Su Majestad y se me ha mandado, y servido muy bien, como buen soldado; y ansí, ahora, no haré menos, aunque esté enfermo y con calenturas; más vale pelear en servicio de Dios y de Su Majestad, y morir por ellos, que no bajarme so cubierta».Tomando estas palabras, el doctor Rodríguez González dirá que «Cervantes sabía bien lo que era, lo que había hecho y lo que se esperaba de él como soldado». Así pues, se le asignaron unos doce hombres para que cumpliera con la defensa del fogón y del esquife de la galera, baluarte y última resistencia en caso de abordaje. Cervantes se batiría con denuedo y energía, dejándose el alma por su vida y la de sus compañeros. A las cuatro de la tarde se habían quemado los últimos cartuchos de pólvora, los cañones comenzaron a callar y los aceros dejaron de tañer y escupir sangre. La cabeza de Alí Bajá, ensartada en una pica, era exhibida con gran alarde en su propia nave a la vista de las embarcaciones cercanas. El ánimo de los otomanos se derrumbó con el mismo dramatismo con el que los bizantinos vieron caer las murallas de Constantinopla ante sus antepasados un siglo antes. La batalla había terminado.
La campaña de Lepanto se saldó para los otomanos con la pérdida de más de doscientas embarcaciones (entre hundidas, quemadas y capturadas), unos cuarenta mil muertos, entre los que se contaba el líder de la armada Alí Bajá, y unos ocho mil cautivos. Por su parte, la Liga sufrió la pérdida de unas trece galeras y alrededor diez mil muertos (Una sociedad conflictiva: España, 1469-1714. Henry Kamen), a los que Cervantes, con sincera camaradería, ensalzará diciendo que «más ventura tuvieron los cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron». A este saldo cabe añadir más de ocho mil heridos, entre los cuales se encontraba Cervantes, que defendiendo su posición recibió dos arcabuzazos en el pecho y uno en la mano izquierda. Fruto de estas heridas, la mano izquierda de Cervantes quedará inmóvil, anquilosada de por vida, aunque no por ello dejó impedido a su amo, ahora bautizado con el sobrenombre de Manco de Lepanto. No fue el único perjudicado, la pelea a bordo del Marquesa fue cruenta. Además de otros ciento veinte heridos, murieron cuarenta soldados, incluido el capitán de la galera Antonio de Sancti Petri.
Cervantes, el soldado viejo
Días después, don Juan de Austria visitó el hospital de Messina, donde Cervantes se recuperaba junto a los demás heridos de la jornada que puso fin al mito de la invencibilidad turca. Allí conoció al joven escritor, por quien se preocupó holgadamente al saber de su valor, en recompensa por el cual le concedió tres escudos de ventaja mensuales, a los que posteriormente se sumarían otros veintidós al reconocerle haber sido uno de los soldados más distinguidos de aquel día. Cervantes pasó casi siete meses en el hospital y, lejos de afligirse por su lisiadura y los estragos del combate, continuó sirviendo como soldado. Esta vez lo hizo en el aguerrido tercio de Lope de Figueroa, el cual había absorbido los restos del tercio de Moncada —cuyo jefe ahora se encontraba en la Corte— y podía hacer gala de un historial bélico tan notable o mayor que el ostentado por el de don Miguel. En el tercio de Lope de Figueroa, Cervantes, ahora manco pero soldado viejo, recorrió Cèrigo, Modón y Navarino (1572), donde fue testigo de cómo la galera Loba de Álvaro de Bazán aniquiló, en singular duelo naval cuerpo a cuerpo, a la del nieto del mismísimo Jeireddín Barbarroja; en 1573 fue protagonista de la toma de Túnez-La Goleta y, al año siguiente, embarcó en la expedición planeada por don Juan de Austria para socorrer a dicho enclave, en el cual unos siete mil españoles resistieron por más de dos meses un gigantesco contingente de cuarenta mil hombres. La legendaria defensa de la Goleta arrojó unas veinticinco mil bajas turcas por cuatro mil almas de los sitiados. Don Juan no llegaría a tiempo para auxiliar a sus soldados y Cervantes escribiría sobre ellos en El Quijote: «Si Goleta y el fuerte, reunidos, tenían apenas siete mil soldados, ¿cómo podría una fuerza tan pequeña, por resuelta que fuera, resistir a un ejército enemigo tan grande? ¿Cómo puedes ayudar a perder un bastión que no se alivia?, y especialmente cuando está rodeado por un ejército obstinado y muy numeroso, y en su propio terreno».
Cautivo en Argel
En el año 1575 Cervantes, con veintiocho años, decidió marchar de Italia y poner rumbo a España para solicitar a Felipe II una merced real que le permitiera levantar su propia compañía. Para ello llevaba consigo su historial militar y dos cartas de recomendación: una a cargo del virrey de Nápoles Íñigo López de Mendoza y otra con la estampa de Juan de Austria. Embarcó junto a su hermano Rodrigo en la galera Sol. En septiembre, estando próximos a la Costa Brava, fueron apresados por piratas berberiscos, llevados a Argel y puestos en cautiverio a la espera de un cuantioso rescate. El desdichado Miguel permaneció 5 años preso, mientras su hermano tuvo la fortuna de ser liberado en 1577. Durante aquel amargo lustro, lleno de «hambre y desnudez y cargado de las jamás vistas ni oídas crueldades», Cervantes intentó fugarse en 4 ocasiones, asumiendo terribles responsabilidades en cada intento frustrado y ganándose el respeto y admiración de sus compañeros. A pesar de ello, el Manco de Lepanto aseguró que jamás le «desamparó la esperanza de tener libertad». El padre trinitario Juan Gil saciará las ansias de libertad del cautivo Cervantes. Desembarcó en Argel justo cuando Cervantes iba a ser enviado entre grilletes a Estambul por su condición de irreductible. El trinitario llevaba consigo una buena suma recaudada por la familia de Cervantes –que había quedado «muy pobre por haber vendido los pocos bienes que tenía para rescatar a su hijo mayor»–, aunque insuficiente, por lo que hubo de recaudar, in extremis, el monto restante en el zoco de la ciudad merced a la limosna de los comerciantes cristianos. Quinientos escudos, ese fue el precio de la libertad del autor más insigne de la lengua española, una libertad que él cargará de valor y describirá como «uno de los dones más preciosos que a los hombres dieron los cielos».
Adiós al servicio de las armas
De la vida del Cervantes soldado apenas se sabe mucho más tras su cautiverio, pero en el memorial de 1590 comentaba al rey que «después de ser libertados (él y su hermano) fueron a servir a Su Majestad en el Reino de Portugal y a las Terceras con el Marqués de Santa Cruz» (don Álvaro de Bazán). Y lo cierto es que Miguel viajó a Lisboa (donde en aquel momento estaba la Corte) y continuó sirviendo al rey, primeramente en una posible misión de espionaje en Mostagem (cerca de Orán) que calificó como «ciertas cosas de nuestros servicios». En cuanto a la cuestión de las Terceras (1582), no está claro si el Príncipe de los Ingenios participó en la campaña que cubrió de gloria a don Álvaro de Bazán y que pudo poner fin a su carrera militar, pues no queda registro ni constancia más allá de la que él presenta en su informe. Pero, por otra parte, cabría hacernos una pregunta: ¿para qué iba a mentir Cervantes en un memorial que iba a ser presentado ante el Consejo de Indias? En caso de que se demostrara que mentía, la acción podía ser punible. Una cosa está clara: el tercio de Lope de Figueroa participó en aquella campaña, concretamente a bordo del galeón San Mateo, e incluso queda constancia de que Rodrigo Cervantes logró el ascenso al rango de alférez por su actuación en la playa de As Molas. El coronel de infantería Solá Bartina lamentará esta nebulosa en el cierre del expediente bélico de Cervantes, «porque el asalto de la Tercera fue la jornada anfibia más brillante de toda la historia naval militar española para integrar el reino de Portugal a España durante más de seis décadas».
Un expediente de ilustre sangre
Una vida dedicada al oficio de las letras puede opacar un brillante expediente militar, pero una pequeña incógnita es incapaz de hacer palidecer un memorial bélico digno de un soldado ejemplar, «un hombre de acción, emprendedor y atrevido que 4 veces intentó fugarse… y prefirió la tortura a la delación» (Martín de Riquer). Un hombre singular, aún acorde con su tiempo, para quien «las altas causas valen la propia vida y la ennoblecen aunque no haya recompensa alguna» (Agustín Rodríguez González). Un hombre que defendía «el ejercicio de las armas porque, aunque arma y dice bien a todos, asienta y dice mejor en los bien nacidos y de ilustre sangre». Es imposible saber qué hubiese sido de Miguel de Cervantes sin esos 10 años de curtido en el Mediterráneo. Quizás Alonso Quijano hubiese permanecido cuerdo en aquel lugar de La Mancha cuyo nombre su narrador podría recordar; quizás la lengua castellana nunca hubiese llegado a codearse en sacra excelencia con las Sagradas Escrituras; quizás Mercurio jamás lo hubiese sonrojado en su Viaje del Parnaso diciéndole aquello de:
Que en fin has respondido a ser soldado
antiguo y valeroso, cual do muestra
la mano en que estás estropeado.
Bien sé que en la naval dura palestra
perdiste el movimiento de la mano
izquierda para gloria de la diestra.





